Vivimos en la era de la contradicción. Reclamamos privacidad pero proclamamos nuestra actividad social en la red, exigimos seguridad pero no toleramos el control, queremos ser ciudadanos iguales y libres pero para serlo tenemos que ceder parte de esa libertad.

Son estas pequeñas contradicciones, a veces cotidianas a veces trascendentales, que generan una violencia aceptada en lo social. Sin grandes exhabruptos o discursos, sino todo lo contrario: una violencia por carencia. Creemos ser libres para elegir pero solo podemos hacerlo entre refrescos de limón o de naranja.

Nuestras opciones se limitan a las modas estéticas, éticas y circunstanciales o a la tradición. Estapé sitúa aquí su obra, en el cuestionamiento de las formas que podemos elegir para desarrollar nuestra vida. Pequeños actos de rebeldía que señalan la orfandad de la palabra libertad. La tradición y las modas nos dan forma tanto física como mentalmente, poco podemos hacer en contra de esa situación que ya hemos aceptado como algo normal en nuestra existencia.

Y es que tal y como apunta esta exposición y utilizando palabras de Foucault, vivimos como dóciles y útiles ciudadanos ante el peso de una sociedad que vigila y castiga. Configuramos nuestro aspecto, nuestras opiniones, nuestra manera de vivir pensando que disponemos de una libertad absoluta, cuando en realidad estamos limitados a varias opciones.

Estapé recoge pequeños actos de violencia cotidiana que se manifiestan a veces en objetos para transformar el cuerpo, especialmente el femenino, para moldear o dar forma a otros cuerpos.

Somos el peso de la tradición, de las costumbres, de lo aceptado socialmente. Somos la conclusión de las elecciones que nunca pudimos hacer.