Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo... como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.
Roy Batty, Blade Runner

La feminidad, el mundo de los sentimientos y de la familia suelen estar vistos de forma negativa en la historia del arte. Seguramente el final de siglo XX y principio del XXI sean una parte de la recuperación de estos conceptos para la creación artística.

Y es aquí donde Bárbara Alegre insiere su obra, proveniente del análisis de las imposibilidades del arte y tras un tiempo de reflexión nos invita a revisitar la memoria a través de unas reinterpretaciones del propio álbum de su familia.

Esta exposición recoge modo de instalación pictórica las reinterpretaciones que la artista hace a través de la pintura de una serie de fotografías encontradas, unas pinturas que son un encuentro entre las Vanitas y los Memento Mori: el encaje entre la inutilidad de los placeres con la fragilidad, lo efímero y la necesidad del recuerdo.

Alegre nos presenta la memoria como una solución a la muerte, pero a la vez como una trampa, los recuerdos nunca son limpios, ni exactos y tienen mucho más que ver con la propia reinterpretación del momento que de lo vivido, y aún más cuando solo nos llegan pedazos de las historias a través de flashes en un álbum de familia. La memoria es ese lugar donde seguimos vivos, pero de forma fantasmagórica. La fotografía, que venía a darnos una solución al problema, solo agrava el hecho de que nuestros recuerdos en muchas ocasiones no coinciden con las imágenes que vemos.

La generación es otro aspecto importante en la obra de Alegre, cómo vivieron los otros que tanto tienen que ver con nuestra genética, cómo criaron a sus hijos, cómo se divertían, cómo se reencontraban, qué era un viaje… En cada álbum de familia hay un pequeño manual de instrucciones de cómo nuestros antepasados, a veces lejanos en la línea del tiempo, a veces más cercanos, pero siempre nuestros, en esta exposición solo tenemos consciencia del tiempo trasncurrido entre nosotros y los personajes por pequeñas pistas en el vestuario, el mobiliario o las poses.

Y es que desde el primer momento en el que te encuentras con la obra de Bárbara Alegre aparece la célebre frase de Blade Runner “Todos esos momentos se perderán el tiempo”, y si, tal vez toda esta reflexión no es nada más que una sencilla respuesta a aun compleja pregunta cómo es ¿qué es la muerte?

Algo inquietante en cada una de las piezas es el reconocimiento del espectador en la obra, todos tenemos en mayor o menor medida una foto antigua que nos remite a nuestra familia, no son nuestros recuerdos reales, pero de alguna forma son parte de lo que somos.  Decenas de años antes que los selfies fueran una necesidad, el realizar una fotografía era una pequeña, ese momento iba a ser inmortalizado, por ello era importante la pose, el gesto, un gesto que a día de hoy puede parecer altivo pero que en realidad lo que hace es que el personaje esté reclamando un ápice de atención, tal vez el último en su existencia.